Mi pequeño salvador.
Hijo de mis hijos, amor de mi amor.
Aún en la lejanía te percibo.
Aún antes de haber nacido, ya te conocía.
Aún antes de venir en mi auxilio, amé la idea de tu compañía.
Y aunque todavía el calor de mi pecho no te ha cubierto, ya sin embargo, mi alma te arropa, te arrulla y te consuela.
Sin forma ni figura, un pecho es un sol, no en apariencia sino en la magnificencia de la entrega que latido a latido abarca lo absoluto.
Ya te esperaba, pero nunca mi imaginación pudo ser tan vívida como la percepción de tu presencia.
Como la de mi hijo pero por mil.
¿Cómo explicar lo que es parentela en el espíritu, hijo de mi hijo?
¿Cómo hacer que mi entendimiento, acostumbrado a figurar, pueda quizás alcanzar a prever tanta verdad como lo que es el mirar con tus ojos, o respirar con tu aliento?
La percepción de tu Ser sana mis dolencias, que en el mundo se conocen como dolor y en mi alma como desespero.
La necesidad de defenderme se aminora.
La necesidad de protegerme desaparece.
Estuve solo, si... ¿Y cómo lo sé?, pues porque ahora siento tu compañía.
Converso contigo en lo silente de la comunión, y sin embargo, un discurso de luces colma mi vacío.
¿Qué si no? El Ser es lo que somos.
Ser con Ser, de una misma fuente, ya no solo somos dos, sino más de tres.
Paz de los hijos del amor en un solo palpitar, que responde las inquietudes de toda una vida.
Esencia de la esencia de mi esencia, mi pequeño salvador.
Y quizás aún no me he explicado, pues aclaro, que lo que en ti ha venido a nosotros, aumenta la claridad con la que los que estábamos solos nos percibimos.
En verdad es un hecho.
En verdad es una bendición.
En verdad has venido a salvarnos tú a nosotros, que estando huérfanos, mediante tu presencia vemos ahora un Padre.
Eres como el hilo del poeta, que nos devuelve al principio, a no estar solos.
Ya no me siento solo. Tú viniste en mi auxilio.
A mi nieto.


