La Religión como ciencia de "prueba y observación", enmarcada solo en las verdades absolutas. La filosofía como herramienta para resolver el asunto de "Ser". Sophia como aquello que resulta del "conocer", y la "duda inteligente" como crisol de la Fe. La Sincretoclastía como única regla.

  • ¿Sabes qué eres?

    Hay muchos tipos de verdades, pero no son absolutas si poseen alguna otra interpretación. Las “verdades absolutas” serán las mismas en todo, y de ningún modo cambian en su interpretación. "Ser" algo, la "inmanencia", No ser "lo que se tiene", Ser "el que tiene", etc. Son verdades absolutas

  • Auto conócete psicológica y espiritualmente.

    No es cierto que la condición normal del ser humano es ser ateo. La verdad es que el ser humano tiende a distinguirse de lo que le rodea, luego de lo que cree que es, y por último de donde cree que proviene.

  • ¿Seguro que sabes quienes estaban a la derecha e izquierda de Jesús en la última cena?

    Quién era ese discípulo que tanto amaba Jesús al que menciona en Juan 13:23 y dónde estaba sentad@. Dónde el otro, que tan cerca estaba como para compartir el pan de su mano. Juan 13:26 “Respondió Jesús: A quien yo diere el pan mojado, aquél es. Y mojando el pan, lo dio a Judas Iscariote, el hijo de Simón.”

  • Puede que percibas la fuente, pero eso no quiere decir que en verdad le veas.

    Quienes han estado ante el velo, saben por experiencia – muy frustrante por cierto – que no se puede saber qué o quienes están detrás de el. Aunque se sabe lo que quieren decir, no se les escucha directamente. Les oímos y percibimos en nosotros mismos. No a lo que hay oculto. Solo por el misterio de lo espiritual se percibe lo espiritual, pero aun así, no se ve.

  • Quizás no te lo hayan contado como es.

    Aunque la palabra “αβεραμενθω” (aberamento) solo existe como tal en Copto – es el único idioma en que se ha utilizado – se ha especulado mucho sobre su significado. Es más revelador de lo que imaginas.

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Αγιος σοφὸς (Agios Sophos) - Acto tercero: Discernimiento.

Αγιος σοφὸς (Agios Sophos).

Acto tercero: Discernimiento.

Cara es la libertad, que aún al llegar, quien la recibe no se ha descubierto totalmente preso. Valioso su tesoro, aunque su anhelo sobrepase lo consciente.

¿Cómo es que creo ser solo y a resultas somos dos? La voluntad y el deseo. En un solo muro, bajo un solo techo.

Si quitas la atención y no rechazas la experiencia, si enfocado fuera de lo que te atrapa refrenas tu inclinación a contraer, muere lo que te da muerte. Lo que hubo de adormecer.

¡Casa dividida! Si, tal como fue anunciado. Los originados y quien les fabuló, ahora contrapuestos se enfrentan en pugna a muerte.

El que vociferaba: ¿Quién contra semejante poder? ahora calla. El altanero está escondido.

El que expresado en el silencio, el de muda elocuencia, ahora habitando con quien le recibe, a manera de luminario descorre el velo y alienta la rebelión.

El primero de entre los salvados, cuya potencia puede anclar el espíritu en una mirada, y arrastrarlo a los confines del aparente tiempo y la engañosa distancia. Libera la atención que nació libre.

Aguas de concupiscencia que ahogaban a quien les contenía, ahora no más de dos codos su profundidad. El que siempre era tragado ya no perece en el mar.

Al refrenar el impulso el devorador despierta. Aparece como vorágine que traga todo lo que se refrena.

Discernimiento de las voluntades, olvidar, no enfrentar. “¡No coagular, no coagular!”.

El devorador, silente y violento, revolotea entre los eones y las memorias iluminando recuerdos y quereres. Mas no es él quien te prueba y ofrece, sino tu conscupiscencia quien desea tomar.

Misterio que hurga e ilumina lo que no quieres ver. Las sombras y los terrores proyectados a su origen, evidencian ya mermado su poder.

¿Qué has traído? ¿A qué has venido? Un nuevo sentido del que la carne es ajeno, separando lo que antes parecía uno. Ilusión e iluso.

Si soy, no emano ni creo. Si creo, dejo de ser y ya no soy. Impulso y gravedad son contra la esencial naturaleza. Recuerdo y somnolencia: la razón del errar.

Del barro al lienzo, del hilo al susurro, del sonido al silencio, de lo agitado a lo quieto. Deshilar... deshilar.

Si la vigilia es claridad - aunque mis ojos están abiertos -, mi juicio se ensombrece con lo oscuro de mis tormentos.

Difícil es entenderse como espíritu cuando el misterio se encarna. ¿Quizás ahora sea él, o él es yo?

Quien recibe el misterio piensa: "Las fuerzas que contraen el alma no son mis fuerzas. Las que la relajan si". Las ideas forjan las formas, las formas a los sentimientos y los sentimientos a los huesos, y de los huesos pende la carne que está presta a volver a formar.

Materia a la Materia, idea a la idea. La vorágine devora el yugo que me impide despertar.

He descubierto en mis huesos, mi carne y en mi sangre la memoria, que al evocarse revive en un hoy. Les estremece creando un cuando aconteció.

Ganas contra quietud y persona contra ser. La espasmódica insistencia de crear que jamás debió crecer.

Soy como represa. En mi pecho las aguas, en mi vientre las puertas. En mi cabeza el nudo y la soga, y en mi corazón el freno. Ambas fuerzas hacen de mi la sombra y el reflejo de lo que creo que soy.

¿Qué poder es ese que a manera de amarras zarandea mis huesos, estremece mis entrañas y abruma mi entendimiento con recuerdos? El rescate.

Aunque en mis tobillos arden aún los grillos apretados, hoy soy testigo de mi libertad. Hoy he visto al hacerme en mi mismo ausente, del impulso y del hastío la sierpe.

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Carta a Kalev: La muerte de Yehudáh (La muerte de Judas)


¡Solo renunciando a la vida se obtiene la vida!
Los misterios del Bautismo, la Cercanía y de la Renuncia.

La muerte de Yehudáh
(La muerte de Judas)

Preámbulo.

Uno de los personajes más odiados de la historia, y al mismo tiempo – quizás – uno de los más enigmáticos.
Nos hemos atrevido a fabular los últimos momentos de la vida de Yehudáh de Kariot – Judas Iscariote.
¿Qué creía él?
¿Qué pensaba acerca de todo lo que escuchó, de lo que vio y de lo que vivió?
¿En verdad traicionó a Yehoshúa – Jesús de Nazaret –, o sencillamente cumplió con el papel para el cual muchos afirman que estaba suficientemente preparado?
Uno de los hombres más afortunados de todos los tiempos – por haber compartido con el ser más maravilloso del que se tenga registro – fue, al mismo tiempo, el instrumento mediante el cual se condujo a la muerte en la cruz a quien tanto le amó.
Él fue el que le “entregó”.
¿Odió o amó al que le “prestó” la luz con la que seguramente conoció su propio espíritu?
Quizás pudo ser como lo contamos o quizás no. Eso solo lo sabe Dios, pero lo que sí sabemos es que nada señala exactamente lo que pasó. Solo sabemos el resultado final.
¿Y… si… nos lo han contado?
¿Qué tal, el haberlo leído en una carta, cuyo remitente no solo quedó lejos en la distancia sino también en el tiempo?
Ésta es la historia de la última tarde de Yehudáh de Kariot – Judas Iscariote –, a quien un hebreo le vendió la concesión  – como era la costumbre – de unos terrenos ociosos a las afueras de Jerusalem. Éste último, al quedar consternado por lo que escuchó mientras conversaban, redacta una carta transcribiendo los discursos y los sucesos de aquella tarde.
La carta, dirigida a un tal Kalev, contiene las razones de la traición confesadas por el mismo Yehudáh en esos momentos.
Kalev, quien debiera leerla dos mil años más tarde – puesto que aún no nacía –, antes del final de los tiempos, resulta ser el último retorno del espíritu que habitó en Yehudáh en aquella ocasión.
Las letras en dicha carta, inscritas en la mismísima sustancia de la consciencia que se encuentra más allá del tiempo, narra la pretendida verdad. Una, que solo serviría para exculpar, pero al mismo tiempo, condenar al que en la cena de la noche anterior compartió “literalmente” el mismo pan que seguramente fue el último bocado del Salvador.
Da Vinci lo supo. Quizás leyó la misma carta. Quizás lo infirió.
A la izquierda del Señor, en actitud de asombro y rechazo, permanece retratado el traidor.

Carta a Kalev.

Introducción:

…Mi querido Kalev.
Extraño fue lo que un hombre me contara antes de acabar con su propia vida.
Deja que te detalle las locuras inentendibles de una triste y delirante alma en pena, que a pesar de afirmar que sobre él recayera la gran bendición del cielo, esa misma, le ocasionaba la más profunda de las aflicciones, por lo que sufría grandemente, y no probaría el consuelo sino hasta el final de los tiempos.
Esto que he de narrarte, ocurrió en el transcurso de unos días, hacia el final de las fiestas, y he tomado la disposición de escribírtelo, porque las palabras y las ideas de aquel hombre del que se trata lo que he de narrarte, aún resuenan en mis pensamientos de día y de noche; y aunque no puedo concebir creer en lo que me dijo (pues, mi carácter y nuestras costumbres son adversas y me indican que solo son locuras), en lo profundo del corazón acepto aquello, y resignado en silencio y sin poder entender hasta ahora nada de tal prédica, que aunque maravillosa luce terrible, ahora la tengo por testamento para apoyar mi cabeza en la hora del sueño.
Aunque fuese un desconocido para mí, pues nunca antes le vi, su muerte y la manera en que ocurrió agobiaron mi alma, afligiéndome aún más el pensar que aquel hombre dejara esta tierra creyendo que su verdadera aflicción y sufrimiento realmente no habían comenzado todavía a pesar de lo vivido, sino que como creen los Perushim – Fariseos – , él también cree en una vida postrera, en la que le acontecería el verdadero sufrimiento.
En verdad creía él saberse con mayores pesares para el mañana que los que ahora sufrió; para los tiempos en que las palabras de un tal Yehoshúa serían entendidas.
Ahora y por tanto, te relato las cosas tal como pasaron, pues, las recuerdo como si fuese ayer, aunque ha pasado algún tiempo ya.

La historia:

Llega a mí este hombre, nervioso y agobiado, con la firme intención de comprarme un pequeño terreno el cual mi familia no atendía desde hacía algún tiempo y estaba ocioso.
Luego de llegar a un acuerdo, me pagó en peso de plata lo justo por el terreno, se levantó para irse, más cuando pasaba por el dintel de la puerta de mi casa, cayó desplomado sobre sus rodillas, y ladeándose sobre un costado comenzó a llorar amargamente.
Me apresuré en su ayuda y me acerqué de inmediato a ver qué le ocurría, pero en sus sollozos solo se le escuchaba decir repetidas veces:
– “¿…por qué…, por qué hube de desconocerte…, por qué te desconocí?”
Y mientras le preguntaba con respecto a quién se refería, él, con el rostro cubierto por sus manos me respondió en un tono algo fuerte:
– “¡Al único semejante que he conocido!…”
Aquella respuesta me tomó por sorpresa, aturdiéndome mientras pensaba rápidamente si tal cosa tenía sentido, y tomándolo por los brazos le ayudé a levantarse, lo llevé adentro y lo senté de nuevo en el salón donde habíamos recién cerrado el trato de los terrenos.
– “Solo era luz prestada…”, “Solo era luz prestada…” decía ahora con las manos sobre la cabeza, mientras escondía la cara entre sus rodillas y gemía entre murmullos y balbuceos.
Pensé que mejor sería calmarlo antes que entenderlo, para lo cual llamé a mi esposa para que preparara con urgencia una bebida con especias que le calmaran el ánimo, puesto que los temblores de sus manos y los quebrantos de su voz, le hacían parecer como si padeciera del más terrible de los dolores que hombre alguno pudiese soportar.
No había nada que trajese a este personaje de vuelta a nuestro mundo de entre su tragedia, pues hundido en sus propias lamentaciones sollozaba y se lamentaba cuestionándose repetidas veces de la misma manera.
Mi esposa hubo de aparecerse al rato con lo que le pedí en dos tazas, una para él y la otra para mí.
Tomé la taza que era para él, y al acercársela a los labios, entre lágrimas, apuró su contenido después de lo cual se comenzó a calmar.

La confesión:

Respirando más tranquilo, ya no tan entrecortado, levantó los ojos, y mirándome  dijo:
– “He odiado al que me da la vida, y he tenido celos del que me da el entender.”
– ¿De qué hablas? – le pregunté.
– ¿Qué puede ser eso que dices que te cause tanto dolor, y te ponga en ese estado?
– “Si te dijera…” – continuó – “que aquel de dónde venimos, nuestra fuente, ha estado entre nosotros y yo le he conocido.”
– “Si te dijera…, que al acercárseme, pude verme en él y a él en mí.”
Cuando me decía esas palabras, pensé que realmente estaba loco, y que sufría tormentos de espíritus inmundos, que le retorcían el alma y le hacían ver cosas, pero por el solo hecho de curiosidad, le dejé que se desahogara hablando, por lo que acabé escuchando cosas que aun no entiendo, pero que arrebatan mi alma colocándome entre dos aguas que hasta ahora no logro reconciliar.

Del don del discernimiento espiritual:

– “He visto en él la paz de mi alma, pero también le he confundido como a un hombre” – dijo.
– “Imagínate hermano…” – agregó- “que cuando él me vio por primera vez supe que yo era doble, y que mi querer y mi mente eran una, y mi reposo y mi silencio eran otra.”
Aún sin haber entendido lo anterior, continuó y dijo:
– “Le escuché decir que él traería fuego a este mundo, para separar lo que no es de la misma naturaleza.”.

La verdadera gracia del espíritu:

– “Siempre fui un seguidor de hombres y profetas, y nunca tuve otro premio que lo que de éste mundo esos hombres y esos profetas pudieron ofrecerme…, más éste del que te digo…, le seguí, porque fue como verme a mí mismo reflejado en él, pero sin penas.”
– Ah, ya veo – le dije –, ¡eres uno de esos inquietos que siguen profetas!
Me observó con cierta soberbia y entonces me dijo:
– “¡Aún no me entiendes!, pues no te he dicho lo concerniente a estas cosas.”.

La explicación del mensaje:

Entonces, con una nueva fuerza y como observando algo dentro de sus pensamientos me dijo:
– “Nadie que siga a hombre tendrá premio de Dios.”
– “Aquel que siga según la forma a otro hombre, será maldito por cuanto no sabe diferenciarse a sí mismo lo que es de lo que ve.”
Debo confesarte Kalev, que aquello cada vez tenía menos sentido para mí, porque lo que decía parecía juego de palabras.

Del re-descubrimiento:

– “Yo y los otros” – continuó con un rostro más iluminado – “vimos en él nuestro propio espíritu, y mientras estábamos cerca de su entorno, teníamos un entendimiento que no puedo explicar cómo, pero tanto lo terreno como lo celestial estaban a nuestro alcance.”
– “El devolvió a los ciegos la vista, pero a nosotros, los que andábamos con él, nos dio el poder ver nuestro origen y reconocerlo en él.”
– “El resucitó a  los muertos, mas a nosotros nos trajo a una vida verdadera que ahora sabemos que no recordábamos.”
– “Su inocencia nos hizo descubrir nuestra inocencia, y su espíritu nos hizo descubrir el nuestro.”
Replicando, y sin poder contenerme le interrumpí diciendo:
– ¿Pero es acaso un mago ese al que siguen tú y tus amigos, por tantos poderes que cuentas que tiene y tantos prodigios que hace en los que le rodean?

Del poder de auto percepción:

– “No es magia ni truco, engaño o ilusión,” – continuó – “pues estamos acostumbrados a vivir solos en nuestros cuerpos con voces que ahora sabemos que son nuestras ganas y nuestros deseos, más él es quien vive en nosotros revelándonos un espíritu que desconocíamos que teníamos y que somos.”
– “Creen todos que nuestras manos y nuestros pies son señal de lo que somos, más el hombre que por él hemos descubierto en nosotros no es bajo engaño, aun cuando las manos y los pies nos someten a engaño.”
– Entonces, – interrumpiéndole de nuevo – si es así como dices, pues, ¿cómo es que le tienes celos y odio a ese que dices seguir?
Pareciese que mi pregunta le tomó por sorpresa, más luego de un momento continuó diciéndome:

Del misterio de la cercanía:

– “Cuando estoy cerca de él, todas estas maravillas me son prestas y resaltan ante mis ojos, más cuando me alejo de su lado, solo puedo recordar que las vi.”
– “Cuando su palabra entra en mis oídos, no son ellas las que me dan el entendimiento, sino que es como si fuera él quien las escuchara en mi y me revelara en experiencia lo que ellas significan, no como quien las escucha de otro sino como quien las ve por sí mismo.”
– “Cuando estoy cerca de él, es como si pudiera ver el hilo del cual proviene mi vida y mi espíritu, aun cuando él es el velo detrás del que se pierde ese hilo, más cuando me alejo de él, solo puedo suspirar por aquella visión.”
Muy extrañado por aquellas palabras, le dije:
– Pero yo no puedo hacer eso que dices, o no me doy cuenta de que lo hago si es que lo hago, pues, todas esas maravillas de las que hablas son invisibles para mí y jamás imaginé que pudiesen existir.

Del alma material:

Entonces, mirándome aguda y profundamente a los ojos me contestó:
– “Cada vez que deseamos algo y nos imaginamos tenerlo, tanto el deseo como lo que imaginamos se acumula en nosotros como piedras al lastre, agregando más materia a la materia que conforma nuestra alma.”
– ¿El alma es material?, pues ¿de qué materia hablas? – le protesté.
Ya no parecía el hombre que entró por mi puerta, ni el atormentado al que hube de atender para calmarle, sino que con certeza y con autoridad continuó diciéndome:
– “Has querido riqueza y la has acariciado con tu mente, y dices que no es materia.”
– “Has deseado mujer y has reaccionado con tu deseo, y dices que no es materia.”
– “Pues, ¿cómo es que tocas y acaricias lo que no es material?”
– “Te digo, que todo lo que piensas e imaginas, puedes tocarlo y gustarlo, y es materia.”
– “Esa materia es la que no te deja ver estas cosas de las que te hablo.”
– “Ni siquiera a ella – a la materia- puedes distinguirla, pues nuestros deseos se esconden en las apetencias y en lo normal, y son como barrotes que nos encierran en la ignorancia de nosotros mismos”.

Del bautismo:

– “Por eso, éste del que te hablo, ha traído fuego verdadero del cielo verdadero y lo ha colocado en nosotros para que podamos ver y palpar las realidades y verdades que moran en nosotros.”
– “Revolotea ese fuego que es él mismo en nosotros, es decir, su espíritu, y hace que nos separemos en verdad de la falsedad, y por tanto, el don de la percepción se hace evidente en un descubrimiento de nosotros mismos.” – “Así como Jojanán le bautizó con agua, en su cercanía, su espíritu y el nuestro se funden causando éstas percepciones, y cuando más adelante el tiempo se cumpla, nos lo entregará en bautismo donde él será el agua con la que seremos bautizados.”
– “Cuando el tiempo se cumpla, y comience el llamamiento, como torrentes de agua, su espíritu será regado entre todos aquellos que provienen de donde él proviene, y todos verán con los ojos de él, y entenderán con el entendimiento de él, y esto será primero entre pocos y después entre muchos, por cuanto todos los que él llama hermanos serán despertados”.

De la renuncia:

– “Y viendo con sus propios ojos andarán en caminos de renuncia a todo lo que les aleje de lo que el don de percibir les muestra.”
– “Por eso, él nos enseñó que solo renunciando a la vida se obtiene la vida.”
– “Solo podemos salvar el alma renunciando al alma.”
– Eso es imposible – le repliqué casi ofuscado – pues, no lanzas algo lejos para buscarlo luego.
– No puede alguien ganar lo que ha desechado, pues, como es que tú dices que debemos renunciar a nuestra alma, siendo ella el tesoro más preciado.

De lo que busca el alma:

– “Nuestra alma está acostumbrada al gusto, la sensación y la avaricia.”
– “Nuestra alma está acostumbrada a buscar lo que se parece a ella, pero nosotros no somos nuestra alma, y por tanto ella nunca nos busca a nosotros.”
– “Nosotros somos el espíritu que posee y da vida a nuestra alma, mas creemos ser ella, y confundidos buscamos tener, acumular y atesorar lo que el mundo nos da.”
– “¿Cómo podemos buscar los cielos si estamos con la mirada puesta en la tierra?”
– “Él nos ha enseñado que encontremos la verdad para que esa nos haga libres, y te digo que no puede renunciar a su alma aquel que no ha conseguido la verdad, pues no sabe que buscar y no sabe a qué renunciar.”

La síntesis del mensaje:

– Entonces, mi caro amigo, tu solo me dices tres cosas.
– La una es que solo cerca de ese profeta tuyo puede verse la verdad.
– La otra es que solo renunciando a lo que no es verdad -en comparación con esa verdad- se gana la vida.
– ¿Qué vida, pues acaso ya no estamos vivos?, moriremos y habremos de resucitar al fin de los tiempos.
– Por último, ¿quieres que crea que ese a quien sigues pueda meterse en nosotros y cambiar la forma en que vemos todo?
– “Eso que dices al último es cierto, pues él es como un tinte y nosotros tela, y una vez teñida la tela, el tinte y la tela son uno.”
– “Él es más como levadura, que al cabo de un tiempo toda la masa estará leudada.”

De la vida verdadera:

– “Por otro lado, creen que estamos vivos, pero no es así.”
– “La verdad es que estamos muertos, pues estamos atrapados y caídos en nuestros propios placeres y dolores, y ajenos a la verdad y al espíritu.”
– “Nadie se ha levantado y nadie se levantará, excepto aquel que ha venido de la vida, pues solo el que viene de la vida va a la vida.”
– “Lo han explicado nuestros padres y los profetas, que solo somos huesos secos desparramados en tierra árida, y que solo Dios los unirá de nuevo, y pondrá músculo, tendón y piel en esos huesos, y a pesar de ello, y de estar completos en la forma, hasta que Dios no ponga vida de su vida en esos cuerpos no viviremos.”
Luego de reflexionar en las palabras que ese hombre había hecho llegar hasta lo profundo de mi mismo, pues se colaban en mis huesos más que la ley y las costumbres, siendo que apenas las había escuchado, y retomando el cómo se había iniciado todo esto le dije:
– Entonces, ¿por qué sufres, pues, no es maravilloso acaso eso que me cuentas?

Cuando será entendido el mensaje:

– “Pasarán más de dos mil años para que esto lo entendamos quienes lo hemos oído de él y quienes lo oirán por nosotros.”
– “Muchos le buscarán equivocadamente en el tiempo, y se engañarán en gran manera.”
– “Incluso yo, estoy confundido con las cosas que te he contado, pues sé que son verdades, más ahora y desde anoche no las veo ni las percibo.”
– ¿Cómo puede ser eso? – le pregunté – pues hablas como testigo y no como quien escuchó de camino.
– ¿Cómo puede ocurrir tal cosa?
– “Sufro una ausencia muy profunda en mi alma y en mi corazón,” – contestó –  “y tengo una mezcla de amor y rencor con aquel que me ha marcado con su propio ser.”
– ¿Qué es eso que entonces te tiene mal?

De la ausencia de la percepción:

– “Lo que me tiene así es que a diferencia de él, yo soy fuente de dos aguas, una amarga como la hiel que corrompe mis miembros y turba mis sentidos, conformada por mis placeres vividos y mis ganas que aún me asaltan, y otra que permite que me asome en un mundo del que sé que soy originario.”
– “Ambas cosas me turban terriblemente, pero solo cuando estoy lejos de él”
Mientras eso me decía, comenzó a llorar de nuevo, y sollozando continuó:

La traición:

– “Sé que mis hermanos ya no me querrán y me detestarán por siempre.”
– “Él me lo advirtió, y yo no me imaginé que lo haría.”
– “Pensé que él estaba equivocado en eso, que no podía ser, que eso no se cumpliría.”
– ¿Qué? – le pregunté con premura y en forma que se denotaba mi expectativa.
– “Que le traicionaría.”
– ¿Y lo hiciste?
– “Si.”
Pasamos un tiempo callados, mientras él se lamentaba y yo no podía creer lo que me había dicho, y casi frustrado, le pregunte:
– ¿Y…, cómo luego de haberte dado todos esos conocimientos y experiencias pudiste hacer semejante acto?
– “Porque ayer en la noche, en el festejo de la pascua, él me quitó todo eso, y quedé en tinieblas dentro de mí, vacío, porque su luz se apartó de mí, y por tanto, no podía ver en el espíritu y con el espíritu, ni percibirle, y arrebatado en dolor y furia, celos y odio, fui y le vendí como quien vende a un fugitivo, y está siendo castigado por eso por los príncipes del templo en estos momentos.”
Sin más, se levantó y se fue, y no le vi nunca más.

Fin de la historia:

Sus palabras y las cosas de las que me habló durante esa conversación han perdurado en mi memoria como si se tratase de heridas que una vez infringidas no pueden borrarse.
Entre otras cosas, me habló de ti.
Me dijo, que cuando entendieses estas cosas en los tiempos en que han de ser entendidas, necesitarías de ésta carta por testimonio de lo que apenas te atreves a creer ahora.
Solo Dios pudo haber hecho esto conmigo, y por tanto creo en verdad que algún día estas palabras van a llegar a ti, pues, imaginándome que te sentirás como yo me siento en estos momentos, que en medio de la tormenta de los pensamientos está una paz que nos llama al reposo y al reconocimiento, y entre pocos te creerás.

De cómo murió Yehudáh:

Tiempo después, supe que ese hombre que me compró los terrenos murió en ellos, colgado por sus culpas, porque aquel al que entregó, sería colgado de un madero hasta morir.
Como aquello aconteció en la tarde del día sexto, nadie pudo descolgarle por cuanto pasó el día de reposo pendiendo de una soga.
A la mañana del día después del día de reposo, cuando fueron a buscarle, ya había caído el cuerpo en unas piedras de bajo de la loma, sus restos comidos y regados por las bestias y la podredumbre extendida por el lugar.
No hicimos nada para recuperar el terreno, y lo dejamos en pérdida, de manera que se usa para desechar lo inmundo.

Intención de la carta:

Si lo que dijo este hombre es cierto y yo ahora creo que si lo es, verás que esto que lees dos mil años después es para ti Kalev, escrito hace mucho tiempo por quien tuvo fe, para alguien que para este momento en que la escribo no existe sino en mi fe.
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Αγιος σοφὸς (Agios Sophos) - Acto segundo: Reconocimiento.

Αγιος σοφὸς (Agios Sophos).

Acto segundo: Reconocimiento.

Caso raro es la añoranza de lo que se ignora.

Cuando en el corazón, el hálito de la ausencia marca la sospecha del origen, asaltan las preguntas: ¿Qué soy? ¿Qué poseo?

Si prestas atención al silencio y escuchas mientras no haces ruido, entiendes que algo falta. Cuando falta, aunque estás solo, “estás”.

Si contraes el alma haces ruido, y nublas el entendimiento. Si la relajas, se escucha el silencio con un “quizás entiendo”.

¿Acostumbrado a la palabra? ¿Atado al sonido? El nombre y la idea... Al silencio jamás debieron callar.

¿Atado a los quereres? ¿Reflejado en lo que se cree? La forma y la imagen... Lo coagulado del roce... Lo que nunca debió concebirse.

El que reflejado en sí mismo engendró tormentos, el que olvidó su nombre y copió la muerte del huerto, ahora, sospechando lo perecedero en lo que le cubre, en pie de caza observa el sueño.

Sopor en los sentidos que aletargan la propia voluntad. En la lucha de forzar los grilletes que le sostienen en sus sentimientos, se asombra al atisbar el "querer", y advierte que su deseo tiene el poder de perder su propia identidad.

¿Qué, acaso son mis memorias? ¿Qué, acaso son esos los destinos? Las piedras de mil caras que conforman de la pérdida el camino.

Lo que se tiene se ve, y lo que es no se puede ver. La llenura es ruido, y el vacío Ser.

Artífice de recuerdos, el gozo al cincel y el impulso al martillo, la obra, la escultura, aparentan ser yo mismo.

Aquel que echó de menos al silencio, el que se había arropado entre sábanas de costumbres y recuerdos y hubo dormido, ahora, erguido, frente a sus eones descubre la firma de su propia autoría.

Junto al paso de los andantes, en aquel camino abandonado, se lee en la piedra de cruce: “Aquí yace, sepultado en el olvido, el ‘por qué’ fuimos confundidos”.

Si estoy perdido, ¿dónde está el camino, dónde la salvación y dónde el abismo? Como saeta mi mirada surca los eones, y todo en mí va en pos de ella. Así los poetas se enamoraron de aquella estrella que no es más que mi propia atención.

¿Soy solo? o... ¿quiénes más como yo? Porque un sollozo arrancado de mi pecho – un lamento – arrastra la atención en mi propio seno, y se lanza a la nada con la esperanza de ser escuchado.

Quisiera hablarle a aquello que sospecho. Quisiera decirle… que le busco, mas en la plenitud del silencio, como en ausencia del mundo, dentro de esa soledad, sé que hay palabras para mí.

Aquí está el tesoro: Que del contacto de lo verdadero con lo verdadero se devela el “¡No coagular, no coagular!”. Se revela el alma en su acto de crear.

Atención al gusto, gusto a la experiencia, experiencia a la contracción y la contracción al olvido. Así el alma ha creado eones sin cesar.

¿Por cuánto tiempo creí que el licor del sentir saciaba mi sed?, y cierto es que dormido de mí mismo olvidaba beber.

El que enamorado de la reminiscencia observa en su aliento lo que le aleja de su herencia, logra detallar en su alma las costumbres, las penas, las ganas, la preocupación, la obstinación, la curiosidad y por último a aquel que desde el alba de los eones ha hecho ruido, grita y exige, arrebatando las alas de la libertad. Aquel que adherido al rostro suplanta la identidad.

Las alas a los ángeles es lo que la atención a los hombres. He ahí otra verdad.

Maravilloso es descubrir lo que se tiene, y gracia heredada de lo alto – de lo escondido – es tomar consciencia de lo que se es. He aquí el viejo arcano.

Ahora el dilema que en el mundo erige banderas: ¿Lucha o abandono? Porque se puede luchar contra lo que se tiene, por el solo hecho de nublar y amañar la percepción del mundo. Aún de mayor perfección es abandonar a aquello que aleja y roba la atención. Aquello que somete y esconde el saberse Ser.

Si te das cuenta, el Ser tiene dos impulsos. Un impulso induce al alma en su contracción, adoptando la forma del deseo que la contrae. Cuando se abandona el impulso, se relaja el alma y pierde esa forma. El otro es el de escuchar esperanzado en lo que no produce sonido, con la intención de reconocer lo que de la misma esencia es.

Resistir sin desear, abandonar la corrupción sin luchar contra ella, “¡No coagular, no coagular!”.

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Αγιος σοφὸς (Agios Sophos) - Acto primero: La caída.

Αγιος σοφὸς (Agios Sophos).

Acto primero: La caída.

He aquí un asunto sin igual. La máxima de relajar el alma. “¡No coagular, no coagular!”

Si te das cuenta, el alma se contrae y se expande. Cuando se contrae, adquiere formas que pueden durar un poco o muchos eones. Cuando se relaja, pierde la forma y recupera su aspecto de ropaje.

¿Qué viste el alma? ¿Qué cubre? Al espíritu... Aquello que nunca debió vestirse.

¿Para qué existe? ¿Para qué oscurece? Para interpretar y guardar... El tiempo que jamás debió existir.

Lo que no tiene tiempos y no sufre pautas, el que hereda el nunca y el siempre de quien lo emanó, vestido de curiosidad engendró el comienzo.

Quien jamás analizó, ahora experimenta, y maravillado en su propio reflejo, cual insecto nocturno atraído por la llama de la vela, contrajo y apretó coagulando eones de creación.

Quizás no se dio cuenta que el pecado tomó figura, porque no pudo apreciar la consecuencia.

¿Cuándo es delito? ¿Cuándo es pecado? Quizás por la consecuencia o quizás por la intención.

¿Qué forma de justicia es esa? pues, ¿acaso el libre albedrío no es solo para los humanos? No, no es solo para ellos. Es para cualquiera. En base a ello fue creado el infierno. La zona debajo del cielo. El cielo que es la verdadera tierra.

Atraído por su ingenuidad y  nublado por el impulso al roce que desprende de la contracción, aquel, vestido fastuosamente, maravillado de sus vestidos, como si fuesen parte de sí mismo - los vestidos - les incorporó.

¿Cuándo te perdiste? ¿Cuándo te olvidaste? Enterraste tu identidad que no es más que la del que te dio Ser.

¿Algo? ¿Por qué preguntarme dónde si nunca estuve y ahora Soy?

Acostumbrado a la obra de contraer, el impulso rige el ser, y creativo serpentea en sus propias curiosidades.

El impulso crea al animal, el animal a la bestia, la bestia a la sombra y la sombra alimenta al olvido.

Entre tanto, en medio del frenético abismo, el instinto gobierna y agrupa a los demás caídos.

¿Quién recuerda el pan? ¿Quién recuerda el vino? Ligado al destino, en una rueda ahora has de andar.

¿Tiempo? ¿Cuánto? Nadie lo recuerda, mas aquello que como al puente, la cuerda, el abismo ya no puede franquear.

¿Alguien recuerda la lengua? ¿Alguien recuerda el orar? Cierto es que los hermanos ignoran su parentela y arrebatándose lo que puedan no se dejan en paz.

Si alguno descubre un rayo de luz, créese la fuente por sí mismo, y subyugando a los más dormidos, aumenta lo que no es.

Otros, proyectados en sus propias sombras cual avatares, pierden la cabezas perjurando que son ellas.

Atesorando lo que acusa, acumulando lo que empobrece, reos de los roces, presos de lo que pesa.

¡Más, más, más! grita la emoción, que sonsacada por la inteligencia, se admira a sí misma.

¿Y por qué terminar así? Quizás es el último pecado... El miedo, lo que te ha asaltado, a tus entrañas aprisiona, casi como queriendo hacer de todas tus vísceras una sola. 

Solo al Ser teme el Ser, y escurridizo se oculta de la propia luz, de esa nostalgia incomprendida, de esa inocencia aborrecida, porque en la dura existencia solo sobrevive el que conoce y no el que apenas ha llegado a la vida.

Corrompido, aquel que miró su reflejo, ahora huye de sí mismo.


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