La Religión como ciencia de "prueba y observación", enmarcada solo en las verdades absolutas. La filosofía como herramienta para resolver el asunto de "Ser". Sophia como aquello que resulta del "conocer", y la "duda inteligente" como crisol de la Fe. La Sincretoclastía como única regla.

Αγιος σοφὸς (Agios Sophos) - Acto segundo: Reconocimiento.

Αγιος σοφὸς (Agios Sophos).

Acto segundo: Reconocimiento.

Caso raro es la añoranza de lo que se ignora.

Cuando en el corazón, el hálito de la ausencia marca la sospecha del origen, asaltan las preguntas: ¿Qué soy? ¿Qué poseo?

Si prestas atención al silencio y escuchas mientras no haces ruido, entiendes que algo falta. Cuando falta, aunque estás solo, “estás”.

Si contraes el alma haces ruido, y nublas el entendimiento. Si la relajas, se escucha el silencio con un “quizás entiendo”.

¿Acostumbrado a la palabra? ¿Atado al sonido? El nombre y la idea... Al silencio jamás debieron callar.

¿Atado a los quereres? ¿Reflejado en lo que se cree? La forma y la imagen... Lo coagulado del roce... Lo que nunca debió concebirse.

El que reflejado en sí mismo engendró tormentos, el que olvidó su nombre y copió la muerte del huerto, ahora, sospechando lo perecedero en lo que le cubre, en pie de caza observa el sueño.

Sopor en los sentidos que aletargan la propia voluntad. En la lucha de forzar los grilletes que le sostienen en sus sentimientos, se asombra al atisbar el "querer", y advierte que su deseo tiene el poder de perder su propia identidad.

¿Qué, acaso son mis memorias? ¿Qué, acaso son esos los destinos? Las piedras de mil caras que conforman de la pérdida el camino.

Lo que se tiene se ve, y lo que es no se puede ver. La llenura es ruido, y el vacío Ser.

Artífice de recuerdos, el gozo al cincel y el impulso al martillo, la obra, la escultura, aparentan ser yo mismo.

Aquel que echó de menos al silencio, el que se había arropado entre sábanas de costumbres y recuerdos y hubo dormido, ahora, erguido, frente a sus eones descubre la firma de su propia autoría.

Junto al paso de los andantes, en aquel camino abandonado, se lee en la piedra de cruce: “Aquí yace, sepultado en el olvido, el ‘por qué’ fuimos confundidos”.

Si estoy perdido, ¿dónde está el camino, dónde la salvación y dónde el abismo? Como saeta mi mirada surca los eones, y todo en mí va en pos de ella. Así los poetas se enamoraron de aquella estrella que no es más que mi propia atención.

¿Soy solo? o... ¿quiénes más como yo? Porque un sollozo arrancado de mi pecho – un lamento – arrastra la atención en mi propio seno, y se lanza a la nada con la esperanza de ser escuchado.

Quisiera hablarle a aquello que sospecho. Quisiera decirle… que le busco, mas en la plenitud del silencio, como en ausencia del mundo, dentro de esa soledad, sé que hay palabras para mí.

Aquí está el tesoro: Que del contacto de lo verdadero con lo verdadero se devela el “¡No coagular, no coagular!”. Se revela el alma en su acto de crear.

Atención al gusto, gusto a la experiencia, experiencia a la contracción y la contracción al olvido. Así el alma ha creado eones sin cesar.

¿Por cuánto tiempo creí que el licor del sentir saciaba mi sed?, y cierto es que dormido de mí mismo olvidaba beber.

El que enamorado de la reminiscencia observa en su aliento lo que le aleja de su herencia, logra detallar en su alma las costumbres, las penas, las ganas, la preocupación, la obstinación, la curiosidad y por último a aquel que desde el alba de los eones ha hecho ruido, grita y exige, arrebatando las alas de la libertad. Aquel que adherido al rostro suplanta la identidad.

Las alas a los ángeles es lo que la atención a los hombres. He ahí otra verdad.

Maravilloso es descubrir lo que se tiene, y gracia heredada de lo alto – de lo escondido – es tomar consciencia de lo que se es. He aquí el viejo arcano.

Ahora el dilema que en el mundo erige banderas: ¿Lucha o abandono? Porque se puede luchar contra lo que se tiene, por el solo hecho de nublar y amañar la percepción del mundo. Aún de mayor perfección es abandonar a aquello que aleja y roba la atención. Aquello que somete y esconde el saberse Ser.

Si te das cuenta, el Ser tiene dos impulsos. Un impulso induce al alma en su contracción, adoptando la forma del deseo que la contrae. Cuando se abandona el impulso, se relaja el alma y pierde esa forma. El otro es el de escuchar esperanzado en lo que no produce sonido, con la intención de reconocer lo que de la misma esencia es.

Resistir sin desear, abandonar la corrupción sin luchar contra ella, “¡No coagular, no coagular!”.

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